Pàgines

dilluns, 10 d’octubre de 2016

Elogio de un crítico: James Wood



Fotografía de James Wood por David Levenson

Taurus acaba de publicar dos libros del  ya célebre crítico James Wood: Los mecanismos de la ficción, que ya se editó hace unos años en Gredos-RBA, y Lo más parecido a la vida, que salió en inglés en 2015. Este joven crítico, nacido en 1965, es uno de los mejores orientadores en la selva procelosa de la literatura contemporánea. Lo vengo siguiendo desde mediados de los noventa, justo en el momento en que se trasladó desde su Inglaterra natal a los Estados Unidos. Se incorporó a la revista New Yorker en 2007 como crítico literario principal, instalándose en Boston junto a su mujer, la novelista Claire Messud, y sus hijos.

http://www.laie.es/busqueda/listaLibros.php?tipoArticulo=L0&codEditorial=40&patronEditorial=taurus&autor=james+wood&titulo=&keywords=&anoPublicacion=&editorial=taurus&listaEdiPatron=40&codMateria=&isbn=&codIdioma=

Hacia el año 2000, tuvo un momento álgido porque acuñó el término, para calificar la obra de varios escritores jóvenes (Zadie Smith, David Foster Wallace, Jonathan Franzen…), de "realismo histérico". El fondo de la acusación consistía en que, en la era geológica de Google, la literatura no debería estar tan saturada de información y tendría que buscar decir algo interesante sobre los tiempos que corren, por encima o por debajo de ese flujo informativo de 24 horas que arrastra como un río de lava todo tipo de material y que volvería redundante mucha masa narrativa.

Con una frase de Henry James, del cuento «Lo que Maisie sabía», Wood sintetiza lo que busca: "el firme terreno de la ficción, a través del cual serpentea el río azul de la verdad".
 

En el primer libro invita a grandes maestros para mostrar las ventanas y las puertas de la narración: sus favoritos como Dickens, Chejov, Bellow, Flaubert como gran iniciador, Henry James (que llamaba a Flaubert "benedictino de lo real", por su paciente cosecha de detalles con los que “promueve que la literatura nos haga fijarnos más en la vida, y al estar más vivos nos hacemos mejores lectores"). Wood comenta que casi siempre que uno lee anotaciones propias en los libros de juventud le parecen vulgares, "ya que no se había leído suficiente literatura para que ésta le haya enseñado como leerla".

Menciona el ensayo de Orwell «Un ahorcamiento»: un condenado camina hacia la horca y se desvía para evitar un charco: El misterio de la vida a punto de ser arrebatada, porque aunque no haya razón alguna para ello, el hombre condenado aún piensa en mantener sus zapatos limpios. Gurov come sandía después de hacer el amor en «La dama del perrito» de Chejov. En La marcha Radetzky de Roth, el viejo capitán visita a su sirviente y éste intenta entrechocar los talones desnudos bajo la sabana. Cita al señor Omer de David Copperfield: "Las modas son como los seres humanos: vienen, nadie sabe cuándo, porqué o cómo y luego se van, nadie sabe cuándo, porqué o cómo. Todo es como la vida, en mi opinión, si se mira desde ese punto de vista". También cita un libro reciente que le encanta, Gilead de Mary Robinson: "Una luz anunciada con grandiosidad, proclamada por todos los cielos, uno más del número finito de días que esa vieja pradera se ha llamado Kansas o Iowa". En la página 210 reivindica lo que le gusta de la literatura: la Vividad, la vida traída al papel por el arte.

El nuevo libro nos lleva de nuevo al meollo de la literatura. En su segundo capítulo, titulado «Mirar en serio y caer en la cuenta», nos recuerda «El beso» de Chejov, ese prodigio, y a Riabovich, al que han besado por primera vez por error, y que se sorprende ya que si bien ha pensado sobre ese beso todo un fin de semana, al contarlo tarda un minuto, como soñadores cómicos que somos. Pasan John Berger, Tolstoi, Sartre, Knausgård, todos mirando algo sencillo como un árbol, hasta llegar a las declaraciones de página 78: "La lenta muerte que negociamos con el mundo al dejar que nuestra atención se duerma" o en 79: "La literatura opone resistencia a la arrogancia del tiempo que nos convierte en insomnes vagando por los pasillos de la costumbre, propone rescatar la vida de las cosas, sustraerlas a la muerte". En el capítulo final, recuerda haber asistido con su padre a una conferencia del músico Alfred Brendel y contemplar atónito como cada vez que Brendel toca alguna pieza para ilustrar un comentario, lo toca poniendo toda la intensidad y delicadeza en el empeño.

Es un crítico muy generoso, capaz tanto de elogiar a escritores experimentados como Joy Williams o Elena Ferrante, como también de saludar la obra de jóvenes escritores talentosos, como cuando en 2011 reseñó la obra de Teju Cole, Ben Lerner, o John Jeremiah Sullivan (cuyo Pulphead salió traducido en Mondadori con noo demasiada repercusión, pese a ser una maravilla de libro; es igual: volveremos a hablar de él en el futuro), o en 2014 saludó Departamento de especulaciones de Offill o el debut de Zia Haider Rahman, A la luz de lo que sabemos (que espera aún su traducción al catalán o castellano).

A principios de agosto del 2012 leí su opinión entusiasta sobre Knausgård (que Anagrama publicó en septiembre), y sintetizó: "Me interesa incluso cuando es aburrido". Escribió elogios de St. Aubyn, Geoff Dyer (inglés como él y recientemente exiliado en Los Angeles, donde podemos esperar nuevos horizontes para su humor tan seductor), Lydia Davis, Denis Johnson, Richard Price, Dovlatov, Yehuda Amichai, Primo Levi, para hacerse una idea de la amplitud de sus intereses como lector. Y para acabar esta breve nota,  dos libros recién llegados a la librería que él ha recomendado: Las sillitas rojas de Edna O' Brien, de Errata Naturae y El camino de Madigan, de Anne Enright, en Siruela.

José, de Laie Pau Claris