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dijous, 22 de març de 2018

Montañismo ilustrado

Explicaba en algún lado Žižek que la cineasta Leni Riefenstahl tuvo tres objetos fascinantes sucesivos: el Tercer Reich, la tribu africana de los Nuba y los grandes animales marinos, y todos tenían el rasgo de representar el poder tremendo encarnado. Pues bien, otro objeto de fascinación, la montaña, regularmente produce bibliografía no irrelevante. 


En estos días ha visitado nuestro país el joven escritor italiano Paolo Cognetti, ganador del último premio Strega con Las ocho montañas / Les vuit muntanyes (Penguin Mondadori en castellano, Navona en catalán). Ya el año pasado había publicado en Minúscula El muchacho silvestre. Cuaderno de montaña, que acaba de aparecer también en catalán.

A finales del año pasado la editorial ampurdanesa Sidillà publicó la traducción catalana de un clásico del montañismo literario de 1977: La muntanya viva de la escritora escocesa Nan Shepherd (1893-1981), con un magnífico prólogo del también escocés Robert MacFarlane, de quien Alba editó en 2005 Las montañas de la mente: historia de una fascinación y Pre-Textos más recientemente el estupendo Las viejas sendas, en esa línea editorial creciente de libros sobre el caminar, del que ya informamos en otro post del blog hace un tiempo a raíz de la publicación de Andar. Una filosofía del filósofo francés Fréderic Gros, un experto en Michel Foucault. El libro de Shepherd habla de Cairngorms, al nordeste de Escocia, también llamado el Ártico de la Gran Bretaña y es un libro precioso traducido por Aurora Ballester. MacFarlane condensa el libro en "la cercanía a un secreto que la montaña nunca revela".

 
A veces la gran razón escaladora se reduce a la frase de Mallory sobre por qué motivo fue al Everest: "porque está ahí", pero me recuerda demasiado a la de "el futbol es así" o a la de Montaigne sobre la Boetie "orque era yo, porque era él". Como el silencio es una de los bienes buscados en la montaña, ya que presumiblemente la ciudad se quedó sin demasiado stock, parece coherente que la reticencia impere sobre los que regresan de la cumbre. Como decía Camus, imaginemos a Sísifo contento: la confrontación con la inhumanidad de la piedra, el viento y la nieve ofrece una cara oscura de la pasión atlética.

En la historia de la literatura del siglo XX, tenemos uno de los grandes libros, uno de los ochomiles literarios junto al Ulises y a la Recherche: La montaña mágica de Thomas Mann, que relaciona enfermedad y altitud y escritura de manera magistral. También a finales del 2017 apareció en Fórcola el libro La montaña y el arte. Miradas desde la pintura, la música y la literatura de Eduardo Martinez de Pisón, un extenso libro documentando la amplia historia de la montaña en las artes. A veces alguna editorial nueva, como Dioptrías, que nos gusta mucho, empieza su catálogo con un libro como Sobre una montaña de John d'Agata, o incluye una traducción de El monte análogo, libro de culto de René Daumal, `publicado en Atalanta (el simpático subtitulo del libro es “Novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas”). 

Otro libro mítico sobre la montaña lo editó Periférica a finales de 2017: La alta ruta del suizo Maurice Chappaz, de 1974 (en estupenda traducción de Rafael-José Diaz, el traductor al castellano del también suizo Philippe Jaccottet). Su prólogo, "Llamamiento a los cazadores de aventuras", es una síntesis preciosa sobre el tema y comienza:
Los Alpes y la literatura: ¡dos monstruos¡... Los relatos de ascensiones abundan en vano. Y me pregunto. ¿Qué es la montaña? —La nada. Se ve como un hombre disminuye poco a poco subiendo por los pastos y luego desaparece. La tierra termina hacia una mancha blanca. Ramuz y los demás no han llegado más lejos.
Y hacia el final una comparación fructífera:
Me doy cuenta que la literatura alpina puede equipararse a la literatura erótica tropieza, sobre todo, en el trazado lineal de un relato que querría dominar, empadronar a su objeto, contra la misma imposibilidad, la infinita repetición de una respiración a la que el hombre está subordinado.
Y concluye:
La única razón de las ascensiones y los amores: la dialéctica del Me persigo y huyo de mí.
Citaremos también la novela de James Salter Solo Faces de 1979 (En solitario, El Aleph, 2005)  y el libro de Erri de Luca y la escaladora Nives en Himalaya (Siruela, 2006).

Por acabar con una nota teórica quisiera citar El uso de los cuerpos, Pre-textos 2017, de Giorgio Agamben, el último volumen de Homo Sacer. Hacia la página 113 hay un capítulo titulado «Lo inapropiable», en que se habla de la aparición del concepto de paisaje, habla de la ascensión de Petrarca al Mont Ventoux en la Provenza francesa, cita a Plinio hablando del gusto de hombres y animales (cabras, vicuñas, felinos primates) por la contemplación desde las alturas y, tras unas chicuelinas conceptuales, sentencia, tan pancho en la página 116:
El paisaje es la forma eminente del uso. La morada de lo inapropiable como forma de vida, como justicia. Por ello, si en el mundo el hombre estaba necesariamente arrojado y desorientado, en el paisaje está por fin en casa.
Las excursiones montañeras seguirán dando muchas alegrías, alguna pena y cual rio en primavera, el rio de tinta seguirá intentado captar algo de eso, sea lo que sea, que ocurre allá arriba.



                                                                                José, Laie Pau Claris